Mezcales artesanales y ancestrales

Producidos en San Dionisio Ocotlán, Oaxaca y en Yonora el Mezquital, Durango.

Maestros mezcaleros:

Ofrecemos 5 variedades de agave

Denominacióndeorigenprotegida

Mapa de México con los estados productores de Durango y Oaxaca y las cinco variedades de agave: Cenizo, Cuishe, Espadín, Tobalá y Tepeztate

Especificaciones

Espadín

Dibujo a tinta de un agave Espadín, de hojas largas, rectas y estrechas

El Espadín ancestral crece en las tierras de Oaxaca como quien guarda un secreto antiguo entre las manos del tiempo. Bajo el sol que madura los cerros y las llanuras, esta planta noble alcanza su plenitud en apenas seis u ocho ciclos de lluvia, una rapidez que no le resta profundidad, sino que parece concentrar en su corazón toda la memoria de la tierra.

Sus pencas se elevan entre 1.8 y 2.5 metros, verdes lanzas que conversan con el viento y escuchan las historias que la montaña susurra al amanecer. No distingue entre valles y laderas; se arraiga con la misma serenidad en distintos suelos y altitudes, absorbiendo de cada rincón una esencia distinta, como si cada paisaje le confiara una parte de su espíritu.

De él nace un mezcal puro, destilado sin el auxilio de máquinas modernas, siguiendo los ritmos heredados de generaciones que aprendieron a dialogar con el fuego, el barro y la paciencia. En cada gota habita un pequeño universo: notas afrutadas que evocan huertos dormidos bajo la luna, destellos especiados que recuerdan caminos polvorientos recorridos por viajeros antiguos, matices herbáceos que conservan el aliento fresco de los campos después de la lluvia y profundidades terrosas que remiten al corazón oscuro y fértil de Oaxaca.

Así, el espadín no es solamente un agave. Es un guardián silencioso del paisaje, una raíz que bebe de la memoria de los cerros y la transforma, lentamente, en un espíritu líquido donde la tierra, el tiempo y el hombre continúan conversando.

Tobalá

Dibujo a tinta de un agave Tobalá, de roseta compacta y hojas anchas

Al Tobalá lo llaman el rey de los magueyes, y no es difícil comprender por qué. Hay en su presencia algo antiguo y solemne, como si hubiera nacido para custodiar los secretos más profundos de la sierra. Algunos cuentan que fue uno de los primeros agaves transformados en mezcal por las manos sabias de los pueblos indígenas de Oaxaca, y desde entonces su historia ha permanecido entrelazada con la memoria de la tierra.

Crece donde la roca conversa con el cielo. En las alturas, entre pendientes ásperas y senderos que parecen trazados por el viento, el Tobalá encuentra refugio bajo la sombra paciente de los encinos. Allí se desarrolla lentamente, oculto como una trufa silvestre, alimentándose de silencios, nieblas y estaciones. Su madurez no conoce la prisa: requiere entre ocho y quince años para completar su viaje, como si cada ciclo de lluvia y cada amanecer añadieran una nueva capa de carácter a su espíritu.

Originario de Villa Sola de Vega, este maguey parece recoger la esencia mineral de las montañas que lo resguardan. Cuando finalmente se convierte en mezcal, revela una complejidad que recuerda a los relatos transmitidos junto al fuego: profunda, cambiante y llena de matices. En sus aromas emergen ecos de tabaco curado por el tiempo, cacao oscuro, vainilla cálida y cuero envejecido por los caminos. La madera aporta una elegancia serena, mientras el humo danza con delicadeza, sin imponerse jamás.

Cada sorbo de Tobalá es una travesía por los paisajes que lo vieron nacer. Es la voz de la piedra, la sombra de los encinos y el aliento de las montañas reunidos en un mismo instante. Un mezcal que no solo se bebe, sino que se escucha, como quien acerca el oído a la tierra para descubrir las historias que aún guarda en su interior.

Cuishe

Dibujo a tinta de un agave Cuishe, con roseta de hojas finas sobre un tronco

El Cuishe pertenece a la familia Karwinskii, una estirpe singular que parece desafiar las formas habituales del maguey. Mientras otros extienden sus pencas cerca de la tierra, él se eleva con una elegancia inesperada, como un caminante solitario que busca acercarse al cielo. Su silueta alargada y erguida destaca entre los paisajes de Oaxaca, donde el viento lo peina y despeina a su antojo.

Quizá por ello su nombre nace de una antigua palabra zapoteca que significa “despeinado”. Y es fácil imaginar que fueron los propios cerros quienes se lo otorgaron al verlo crecer, coronado por hojas que parecen danzar bajo la brisa, como si llevara sobre sí el recuerdo de todas las tormentas y todos los amaneceres.

A partir de los seis años comienza a ofrecer el fruto de su paciencia. Para entonces ha aprendido el lenguaje de las piedras, el ritmo secreto de las lluvias y la manera en que el sol madura lentamente los paisajes. De esa conversación silenciosa con la naturaleza surge un mezcal de carácter profundamente vegetal, donde la frescura de las hierbas silvestres se entrelaza con aromas terrosos que evocan senderos húmedos, raíces ocultas y campos recién despertados por la lluvia.

Cada sorbo de Cuishe parece contener el color verde de la montaña. Es un mezcal que habla con voz clara y serena, que recuerda la savia que asciende por los troncos y el murmullo del viento entre las hojas. En él habita una naturaleza indómita y elegante a la vez, como si la tierra misma hubiera decidido compartir, por un instante, el sabor de su juventud eterna.

Tepeztate

Dibujo a tinta de un agave Tepeztate, de hojas largas y retorcidas

El Tepeztate parece haber sido sembrado por los dioses en los lugares donde la tierra se vuelve más abrupta y el cielo más cercano. Crece aferrado a los bordes de los acantilados, suspendido entre el abismo y las nubes, o resguardado en bosques de pinos y robles donde la neblina se desliza entre los troncos como un antiguo espíritu errante.

Es uno de los magueyes más pacientes que existen. Mientras generaciones enteras nacen y desaparecen, él permanece inmóvil, observando el paso de las estaciones. Su maduración puede tomar entre dieciocho y treinta años, una vida entera dedicada a recoger la memoria de las montañas. Por eso, cada vez que un Tepeztate se transforma en mezcal, ocurre algo semejante a un milagro: el tiempo mismo encuentra una forma de volverse líquido.

Sus hojas no siguen el orden esperado. No crecen rectas ni obedientes, sino que se retuercen y se curvan como ramas que han aprendido a conversar con el viento. Cada penca parece llevar escrita la historia de las tormentas que ha sobrevivido y de las lunas que ha contemplado desde las alturas.

De esa larga espera nace un mezcal delicado y profundo. En él aparecen dulzuras que recuerdan frutas confitadas por el sol, aromas de jardines ocultos entre la niebla y notas herbales que evocan senderos cubiertos de musgo. Todo ello envuelto en una cualidad etérea, casi incorpórea, como si parte de la esencia de las montañas hubiera permanecido suspendida en el aire antes de encontrar refugio en cada copa.

Beber Tepeztate es acercarse al borde de un precipicio antiguo y escuchar la voz del tiempo. Una voz lenta, serena y sabia, que lleva siglos resonando entre las piedras.

Cenizo

Dibujo a tinta de un agave Cenizo, de hojas anchas y dentadas

En las vastas tierras de Durango, donde el horizonte parece no terminar nunca y el sol escribe largos poemas sobre el desierto, crece el Cenizo. Es un maguey que pertenece al reino de los extremos, forjado por paisajes donde el frío y el calor se suceden con una intensidad que obliga a toda forma de vida a aprender la resistencia.

Su nombre proviene del singular aspecto de sus hojas. Las puntas, teñidas de un tono grisáceo, parecen haber sido rozadas por el fuego y cubiertas después por una fina capa de ceniza. Desde lejos, el maguey da la impresión de guardar en sus pencas el recuerdo de antiguas hogueras encendidas bajo las estrellas del norte.

Crece casi exclusivamente en el sur de Durango y en algunas regiones vecinas de Zacatecas, donde comparte territorio con huizaches y mezquites. Durante años escucha el murmullo de estos árboles resistentes, absorbiendo discretamente sus aromas y conservándolos en el corazón de sus fibras. Así, cuando llega el momento de convertirse en mezcal, el paisaje entero parece manifestarse en su espíritu.

Los días abrasadores y las noches frías moldean su carácter. En estas tierras las temperaturas oscilan entre extremos que pondrían a prueba a cualquier ser vivo, pero el Cenizo prospera gracias a ellos. Cada contraste alimenta la complejidad de sus azúcares, como si el maguey transformara las dificultades del clima en una forma secreta de sabiduría.

Durante la fermentación, las cubas son enterradas en la tierra para protegerlas de los caprichos del clima. Es un gesto antiguo, casi ritual: devolver momentáneamente el mosto al vientre de la tierra para que complete allí su transformación.

El resultado es un mezcal generoso y envolvente. Sus notas afrutadas se despliegan con suavidad sobre una textura casi cremosa, mientras aparecen recuerdos de caramelo quemado, frutos secos y leves ecos de mezquite y huizache. Es un sabor cálido, profundo y reconfortante, como el resplandor de una fogata encendida en medio del desierto cuando la noche finalmente conquista el cielo.

Beber Cenizo es saborear la paciencia del desierto, la fortaleza de los árboles espinosos y el lenguaje silencioso de una tierra que ha aprendido a florecer entre los extremos.